¿Quién cuida a los que cuidan?

Dos mujeres se toman de las manos en señal de apoyo y cariño

¿Qué pasa cuando te acostumbras tanto a ser el refugio de los demás que olvidas que tú también necesitas uno?

Se me hace maravilloso ser una persona que sabe amar y cuidar a los demás. A algunas personas les puede dar hueva, pero para mí está en mi ADN. Es como respirar: que te importe el otro, que quieras que esté bien, que te acuerdes de los detalles y que estés ahí cuando te necesita.

A algunas personas se nos da cuidar de manera muy natural. Somos las que preguntamos cómo estás, las que escuchamos, resolvemos, acompañamos y, sobre todo, estamos presentes cuando alguien nos necesita.

Y la verdad es que ni siquiera lo vivimos como un sacrificio. Lo hacemos porque nos nace, porque queremos, porque nos importa la gente que amamos. Porque cuidar también es una manera de decir te quiero sin tener que decirlo todo el tiempo.

El problema no es cuidar. Nunca lo ha sido.

El problema empieza cuando, de tanto hacerlo, los demás se acostumbran a que estés ahí. Y tú también te acostumbras a ser esa persona: la fuerte, la responsable, la disponible. La que siempre encuentra la manera de acompañar a alguien más, incluso cuando no sabe muy bien cómo acompañarse a sí misma.

Uno de mis amigos más cercanos me dijo un día que debería conseguirme una vida propia y dejar de estar tan disponible para los demás.

Fue muy duro escucharlo de él. No solo porque era alguien a quien quería mucho, sino porque era alguien que también me necesitaba. Alguien a quien acompañaba en el tráfico, escuchaba cuando tenía problemas, aconsejaba en su vida profesional y personal. Alguien para quien estar presente se había vuelto parte de nuestra dinámica.

Y, de pronto, algo que yo hacía porque me nacía empezó a sentirse como una obligación. De tanto estar, sentí que me había convertido en un estorbo.

Lo que ese amigo olvidó es que él estaba pasándola mal, sí, pero ¿qué crees? Yo también.

No se trataba de poner sus necesidades emocionales por encima de las mías ni de competir por quién estaba sufriendo más. En algún momento de la vida entendí que el cariño no debería funcionar así. No importa si el problema de uno parece más grande que el del otro. A veces, lo único que necesitamos es saber que no estamos solos, que alguien está ahí, que podemos acompañarnos incluso cuando ninguno de los dos tiene todas las respuestas.

Pero en esa dinámica se olvidó algo: yo también necesitaba ayuda. Yo también necesitaba que alguien estuviera para mí. Yo también necesitaba que me cuidaran.

Y eso me pasó este año con varios de mis amigos. Todos saben a quién llamar cuando necesitan a alguien. Pero, de alguna manera, todos parecen asumir que yo voy a estar bien, que voy a poder con todo, que no necesito llamar a nadie.


Hay una vulnerabilidad muy particular en las personas que siempre han sabido hacerse cargo de sí mismas y de los demás, especialmente en lo emocional.

Por una parte, sientes que debes ser fuerte. Que tienes que resolver, entender, acompañar y encontrar la manera de salir adelante. Por otra, sabes que también necesitas aprender a ser vulnerable, a reconocer que no siempre puedes con todo y que mereces que alguien te cuide.

Pero ¿cómo se hace eso cuando llevas tanto tiempo siendo la persona que cuida?

A veces me pregunto quién soy para las personas que quiero cuando no resuelvo, no organizo, no estoy pendiente, no abrazo, no me adelanto a lo que necesitan. ¿Qué lugar ocupo cuando no tengo nada que ofrecer, cuando estoy triste, cuando necesito hablar de mis problemas o simplemente cuando no tengo energía para estar disponible?

Y hay otra pregunta que me cuesta todavía más:

¿He aprendido a demostrar mi valor dando?

Porque cuando estás acostumbrada a ser útil, atenta y generosa, puedes empezar a confundir el amor con todo lo que haces por los demás. No necesariamente porque alguien te lo exija, sino porque tú misma te acostumbras a encontrar tu lugar ahí.

Quizá por eso también cuesta tanto ser vulnerable. Porque dejar que alguien te vea mal significa permitirle conocerte desde un lugar en el que no tienes el control, en el que no puedes resolver nada y en el que, por primera vez, no eres tú quien sabe qué hacer.

Solo eres tú. Y necesitas ayuda.

La primera vez que me mostré realmente vulnerable con mis amigas fue cuando mi salud empezó a rebasarme.

Llevaba todo el año sufriendo por una enfermedad que me había cambiado la vida. No dormía bien, tenía dolor, la pasaba mal. Estaba acabando conmigo emocional, mental y físicamente. Y, aun así, seguía intentando hacer mi vida, estar presente y funcionar como siempre.

Hasta que un día, en diciembre, les dije que no asistiría a nuestra cena de Navidad. Me sentía mal y necesitaba explicarles que no se trataba de una gripa ni de un dolor pasajero. Que de verdad no estaba bien.

Algunas me escribieron, se acercaron y me acompañaron. Y lo agradecí muchísimo. Porque, por primera vez en mucho tiempo, no estaba intentando resolver algo para alguien más. Estaba diciendo que yo necesitaba ayuda.

Recuerdo haber pensado que quería aprender a ser más vulnerable. Que quizá tenía que dejar de esconder las cosas que me dolían y permitir que las personas que quería también pudieran estar para mí.

Pero después me encontré con una realidad que todavía me cuesta entender: abrirme no significaba que, de pronto, mis relaciones fueran a cambiar. No todas las personas supieron acompañarme de la manera que necesitaba. Y, con el tiempo, sentí que algunas volvían a esperar a la Nai de siempre: la que resuelve, organiza, está pendiente y encuentra la manera de acompañar a los demás.

Como si aquel momento de vulnerabilidad hubiera sido una excepción. Como si yo pudiera volver a ser la de antes y todo siguiera igual.

Y es que la vida sigue. La gente tiene sus problemas, sus preocupaciones y sus propias batallas. Lo entiendo.

Pero también me quedé pensando en algo: ¿qué pasa cuando te atreves a mostrar que no puedes con todo y, aun así, el mundo sigue esperando que puedas?


Afortunadamente, este año también me ha permitido ver algo que quizá antes no reconocía con tanta claridad: sí hay personas que me cuidan. Personas que han estado presentes a su manera, que me han acompañado y que me han demostrado que no tengo que hacer más, resolver más ni dar más para merecer ese cariño.

Y qué hermoso es descubrirlo.

Porque a veces estamos tan concentrados en las personas que no están como necesitamos, en las relaciones que nos duelen o en quienes no se dan cuenta de que también necesitamos ayuda, que podemos dejar de mirar a quienes sí están ahí.

No siempre nos cuidan de la forma exacta en que imaginamos. A veces no saben qué decir, no tienen una solución o no pueden quitarnos lo que nos duele. Pero encuentran una manera de acompañarnos. Nos preguntan cómo estamos. Se acuerdan de nosotros. Nos hacen sentir que no tenemos que atravesarlo todo solos.

Y eso también es amor.

Quizá una parte de aprender a recibir sea dejar de buscar el cuidado únicamente en los lugares donde sentimos su ausencia y empezar a reconocerlo en quienes sí nos lo ofrecen.

No para conformarnos con menos de lo que necesitamos, sino para aprender a ver y agradecer el amor que ya existe en nuestra vida.

Todavía estoy aprendiendo a entender todo esto.

No quiero dejar de cuidar. No quiero convertirme en una persona menos atenta, menos presente o menos generosa. Me gusta ser así. Me gusta querer a la gente, acompañarla, estar pendiente de los detalles y hacerle la vida un poquito más bonita a quienes amo.

Pero también estoy aprendiendo que cuidar no debería significar olvidarme de mí. Que puedo querer a alguien sin estar disponible todo el tiempo. Que puedo acompañar sin hacerme responsable de todo lo que le pasa. Que puedo ser vulnerable sin sentir que estoy fallando, pedir ayuda sin pensar que debería poder sola y dejar que me abracen sin sentir que tengo que devolver el gesto inmediatamente.

Que también puedo decir hoy no puedo, hoy estoy cansada, hoy necesito que estés tú.

Y, sobre todo, que no tengo que ganarme un lugar en la vida de los demás a través de todo lo que hago por ellos. Que quiero construir relaciones en las que también haya espacio para mis silencios, mis días malos y mis necesidades.

Porque, al final, cuidar a alguien también significa reconocer que esa persona tiene límites, que se cansa y que necesita sentirse querida incluso cuando no tiene nada que dar.

Y quizá eso es lo que quiero recordar de ahora en adelante: que yo también soy una persona a la que vale la pena cuidar.


Así que, si tienes a alguien en tu vida que siempre está para ti, que te escucha, te acompaña, se acuerda de los detalles y aparece cuando las cosas se ponen difíciles, pregúntale cómo está. No asumas que está bien solo porque siempre puede con todo. No esperes a que llegue al límite para demostrarle que también puede contar contigo.

Y si tú eres esa persona que siempre cuida, ojalá puedas reconocer a quienes sí te cuidan, permitirte recibir su cariño y recordar que tu valor no depende de cuánto puedas hacer por los demás.

Porque todos necesitamos un refugio. Incluso quienes hemos pasado la vida construyéndolos para otros.

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